Dios nos limpia de la justicia propia

Lecturas: Lucas 18.9-14; Mateo 23.1-36; 21.31; Filipenses 3.3-8; Isaías 64.6

Cuando una persona se convierte a Jesucristo y lo recibe como Salvador y Señor, nuestro Dios comienza un proceso de transformación para que crezcamos cada vez más a la semejanza de Jesús. El Espíritu Santo nos va embelleciendo con los frutos del Espíritu, descritos en Gálatas capítulo 5. Hay una característica que tienen algunas personas llamada justicia propia, o religiosidad, o fariseísmo que es contraria al carácter de Cristo.

La justicia propia básicamente consiste en un orgullo religioso o moral, en la que la persona se siente superior a los demás en cuanto a la ética o conducta, y menosprecia a los demás que supuestamente son «pecadores» o inferiores.

Nuestro Señor en Lucas 18 narra la parábola del fariseo y el publicano, para resaltar las diferencias de estos dos caracteres: dice que dos personas fueron al templo a orar, un fariseo (un profesor de la religión judía) y un publicano (un cobrador de impuestos). El primero oraba consigo mismo elogiándose por sus supuestas virtudes: «Dios te doy gracias que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aún como este publicano». ¡Es evidente que sus palabras rebosan de desprecio!

El publicano en cambio se sentía indigno por su condición moral y oró así: «Dios, sé propicio (ten misericordia) de mi, un pecador». Jesús claramente declaró que el publicano que confesó sus faltas honestamente y sin excusas regresó a su casa JUSTIFICADO, PERDONADO, LIMPIO. La verdad bíblica es que todos nosotros somos igualmente pecadores, en mayor o menor grado, y todos necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados para experimentar el gozo del perdón. Jesús mostró mucho mas compasión con los publicanos y prostitutas, que con los fariseos, para quienes reservó sus palabras más duras.

En I Juan capítulo 1 declara que si decimos que no tenemos pecados hacemos a Dios un «mentiroso»,(ya que no hay justo en la tierra ni aún uno). Pero si confesamos nuestros pecados sin esconder nada, Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de todo pecado.

Cuando yo terminaba mis dos años de Instituto Bíblico en Buenos Aires, sin darme cuenta me había llenado de justicia propia o religiosidad: todos los demás eran «carnales» y «livianos», y aún los entretenimientos más inocentes los consideraba «pecado». Pero Dios en su misericordia trató conmigo y en un proceso de tiempo me mostró mi error, y me limpió de esta falta, que por cierto nos aleja de nuestro prójimo. Doy gracias a Dios por librarme a tiempo de esta falta, y me llenó de su compasión, misericordia y comprensión. Hebreos 4.15. ¡Dios les bendiga!